Parece que fue ayer cuando Rutgerus Joannes Martinus van Nistelrooij apareció por la sala de prensa del Santiago Bernabéu para oficializar ante los medios su compromiso contractual con el Real Madrid. Aquel semblante sereno, maduro, con esos rasgos como extraídos de un retrato de Vermeer, su sonrisa franca y, sobre todo, los años dejados atrás vistiendo el número ‘10′ del Manchester United, hacían prever a los aficionados que aquel futbolista iba a terminar dejando su particular huella en la liga española. Lejanos resonaban ya los ecos de su gravísima lesión de rodilla en el año 2000, aquella que a punto estuvo de frustrar su salida del PSV Eindhoven con rumbo a Old Trafford.
Lejanos, pero aún presentes. Quizá la única sombra que se cernía sobre el fichaje de uno de los tres mejores delanteros del mundo durante la primera década del siglo XXI eran las posibles secuelas, en el fin de su carrera, de aquella triple rotura de ligamentos, amén de su edad. A sus 30 años, el Madrid fichaba a un delantero contrastado, a un seguro de gol, con la preocupación siempre presente de quien tiene que procurar los mejores cuidados y atenciones a esa infalible Telefunken de fabricación alemana que, un buen día y después de 30 años con la familia, dejará de reflejar imágenes en su pantalla.